‘Widows’ que llevan más que luto

 

Widows es la cuarta película del director inglés Steve McQueen, quien además coescribió el guion. Una película diferente a sus previos trabajos cinematográficos. Los trabajos anteriores del director no eran del género de acción como este. Además, solo trataban con un tema social. Sin embargo, en este filme de manera muy sutil y efectiva trata varios de los problemas político-sociales que atraviesa la nación norteamericana hoy día.

El filme comienza con un beso de una pareja mixta. Hecho que, aun en estos días, crea un impacto en la sociedad. Ese beso pudiera incomodar a muchos y contrasta aún más cuando el ambiente es blanco y con mucha iluminación. Por si fuera poco, la pareja es compuesta nada más y nada menos que por consagrado actor Liam Neeson y la ganadora de un Oscar, como mejor actriz Viola Davis. Las escenas de pareja entre ellos dos aparecen intermitentemente a lo largo del filme como testimonio de lo que hubo, pero ha acabado. Ahora ella es aparentemente viuda y para salvar su vida y del enredo económico en que la dejó su marido tiene que seguir las instrucciones que se encuentran en un tipo de diario del difunto.

El personaje principal queda viuda y sin hijo. En la corta escena en la que aparece este trae a la luz otro problema social que recientemente ha traído controversia: #Blacklivesmatter. Y es que, en un intento por hacerle un favor a su padre, el joven ejerce un viraje sospechoso para la policía –compuesta de un par de agentes blancos–. Luego de ser detenido por ellos, hace un amague de buscar el celular y ellos le disparan sin más.

Para cumplir con su misión “Verónica” debe contar con la ayuda de otras dos también viudas (Michelle Rodríguez, Elizabeth Debicki y reclutar a Cynthia Erivo) de los hombres que igual que Nesson han muerto trabajando para él. En términos del elenco me parece exquisita la selección. Estas cuatro mujeres talentosísimas, diferentes tanto en lo físico como por su bagaje dentro y fuera de la pantalla cargan en sus espaldas la acción de la película y la llevan a buen ritmo. Los hombres, por su parte, me parece que se acoplan al ritmo dominante de las mujeres, pero no dejan de brillar con su impecable actuación. Se trata de Colin Farrell, Brian Tyreem Daniel Kaluuya y Robert Duvall por mencionar algunos.

Otro movimiento plasmado en la cinta es el de #Metoo. Y es que la historia del núcleo familiar de cada viuda no ha sido de cenicienta, y muchas permanecen junto a ellos, aun con el maltrato emocional o físico de sus maridos; ya sea por amor, por los hijos o el qué dirán.

Sobre el final, aunque no es el esperado -y el espectador puede ser engañado fácilmente- la película se convierte en un seguro éxito para recordar. Por romper con patrones denunciando directamente los vicios que lleva arrastrando el gobierno demócrata en la nación estadounidense.

Solo por el elenco o los problemas que denuncia la película vale la pena ir a verla en pantalla grande. La técnica y la acción esta vez van por la casa.  

Crónica: Las vitrinas nuestras de cada día

5:30 p.m. Vengo a Plaza Las Américas por primera vez  en mucho tiempo con tiempo para observar. La mayoría de las veces lo hago solo por necesidad y, con prisa, voy al banco o a la librería. Me estaciono siempre en el mismo sitio, bajo techo, y paso por el mismo pasillo de las tres tiendas a las que entro ­–si y solo si­– hay especiales. Noto cómo decenas de conductores buscan desesperadamente estacionamiento frenando chiquito, sin mirar al lado ni dejar pasar. La euforia de las fiestas se acerca. Afuera apesta a cigarrillo: los fumadores succionan su droga concentrados en los banquitos. Paso por allí sin respirar como un ejercicio para los pulmones. Crean una voluta de humo entre sus microconversaciones  y ni tosiendo se inmutan; pareciera que es su derecho crearla.

La temperatura agradable, casi fría es una de las razones por la que más se da cita la gente regularmente a este lugar: “a ver la decoración y a coger fresco”, me dice una amiga de mami con quien me topo, quien, al parecer, siente la necesidad de darme razones. Sin embargo, no explica la bolsa de JCP que lleva en su mano. Se despide sin más. Para muchos de los que están aquí es necesario venir a Plaza a refrescarse y ver todo lo nuevo de modo recurrente. Cuando las puertas abren, un viento de olor a nuevo los recibe y dejan el calor húmedo atrás. Cuando una entra a este shopping de cierta manera se siente diferente, camina diferente como si todos participáramos en una pasarela y  nos vieran a través de una vitrina.

Lo bueno de Plaza es que siempre hay comida. Voy al sitio de ensaladas y sopas que, aunque caro, nos hace sentir menos culpables. Me siento a comer mi sopa con tostones pensando que nada diferente o inusual debe pasar a estas horas en un centro comercial. De pronto un ruido estruendoso. Suenan como cascadas miles de cristales. No me quiero parar a mirar pero, como algunos, lo hago. ¡Se acaba de romper una vitrina! Parece que nadie no ha habido heridos estaba sentado en esa parte. Curiosamente a mucha gente no le importó el ruido, pocos se asomaron a ver qué pasaba. Porque esa es una de las cosas que pasan en este centro comercial: permiso para ser inmutables. Comemos, miramos e ignoramos. Vuelvo a sentarme, termino de comer y ya para cuando llevo mi bandeja a su sitio, el cristal está prácticamente reparado.

Miro a través de otra vitrina a los empleados de una compañía. Todos son jóvenes. Algunos tratan de explicarle a unas señoras mayores que su teléfono ya no sirve porque los dispositivos electrónicos tienen fecha de caducidad. Lo veo porque una de ellas le enseña el teléfono como un tesoro, nuevo, y uno de ellos se encoje de hombros mientras mueve su cabeza para ambos lados. Y eso lo he visto antes con mi mamá y otras personas. Así las cosas, estas compañías contratan a la juventud para explicarle a los viejos lo que a veces no tiene sentido para ellos. Están acostumbrados a que las cosas caras se conservan y piensan que pueden tener un móvil por más de dos años si lo cuidan, pero no.

Paso al segundo piso y, mientras subo las escaleras eléctricas, veo que ya se están congregando familias para ver caer la “nieve”.  Es jueves,  pensé que era  solo los fines de semana. Así como la fuente del primer piso no para, a este, el llamado centro de todo, fluye continuamente un de gente por sus tantas entradas y salidas. El flujo de personas por las escaleras eléctricas se asemejan a los chorros de las fuentes.

Desde arriba diviso a un viejo amigo en el primer piso, pero no da tiempo ni para hacer ademán de saludo y mucho menos gritarle. Hace tiempo que no lo veo, pero no me extraña encontrarlo aquí, es un joven consumista que depende de su imagen y viene a Plaza casi a diario. Muchas personas están aquí porque se acerca la temporada de regalos navideños, esa época en la  que se compra más de lo que se puede con dinero plástico y nada de lo que necesitamos. Todo se justifica.

Hay gente por otro lado que viene con regularidad y lo menos que hace es comprar. Se reúnen, se distraen, se citan… Aún así este es un negocio rentable. No tenemos idea, pero en Plaza se mueve un caudal de dinero impresionante y una de las herramientas para esa movida es hacernos creer que debemos llegar allí y consumir lo que sea.

Hoy el entra y sale de las tiendas no está tan concurrido. Se mira mucho y se compra poco. El caballero que nunca para de tocar el acordeón a cambio de dólares. Sigue allí tocando muy apasionando; su joroba ha crecido más. Me parece que el abriguito que tiene es de mujer, pocos se darían cuenta y si lo hemos hecho qué importa solo queremos que tenga la fuerza de venir siempre a tocar a esta su casa que se ha ganado por derecho. Nunca lo he visto pronunciar frase alguna, pero si tocar con los ojos cerrados. Contrae y expande el instrumento humildemente.

Aun me queda tiempo para el encuentro con la clase por lo que entro a una tienda de las que nunca entro porque no está en mi ruta al banco. Lo mismo. Alguna ropa bonita que no vale lo que cuesta. Hay poca gente y pocos empleados. Veo como una muchacha de mi edad se roba unos guantes de lana: revisó que no tenían el chip que le ponen antirrobos. los tuvo bastante tiempo en la mano y miro varias veces si tenía o no publico. Me miró fijamente pero se dio cuenta que ni era empleada ni haría nada; parece. Fue entonces cuando, con ellos en la mano, metió la mano en su cartera, también de cuero, e intercambió los guantes por su celular mientras hizo el gesto de que lo buscaba en el fondo de su cartera. Luego se siguió paseando por la tienda para disimular. Me acerco a los guantes restantes en el bonito y reluciente stand, confirmo que no tienen chip y que cuestan 38.00 dólares. Me siento cómplice y salgo de la tienda a prisa porque ya es la hora del encuentro.

6:10 Nos encontramos con el profesor, todos de pie luego de unas instrucciones salimos a observar. Es extraño reunir una clase allí, pero al mismo tiempo no. Todo ocurre en plaza. Varios jóvenes se agrupan en otro pasillo para bailar. No han bailado nunca en pareja ni salsa ni bolero. Sin embargo, siguen la coreografía de un juego de videos proyectado en gran pantalla gigante. Siempre hay alguien que los mira de reojo y piensa que son unos ridículos. Pero ellos no lo descubren, porque si voltean a ver pierden la sincronización con la computadora. No tienen más público fiel que sus padres y sus amigos.

Una pareja se da besos de lengua a la entrada de uno de los pasillitos de arriba. Se acarician más de lo que el poco público que tienen aprueba. Pero nada pasa, ellos siguen sin notarlo y los demás también como que nunca lo vimos. Como a través de una pantalla de televisión que cuando no nos gusta lo cambiamos, pues, así hacen los andantes cambian la mirada a otra vitrina.

En el atrio central la euforia de los gritos por ver caer la nieve de espuma  se apodera de padres e hijos. En ocasiones gritan sin darse cuenta de que otros están escuchando la conversación. “Qué charrería”, le dice una joven con uniforme a su amiga quien asiente con cierto asombro. Y sí, pudiera ser colonialmente ridículo que sigamos con la tradición de “doña Fela” de intentar vivir la experiencia de la nieve con espuma, bajo techo. Me pregunto si los niños que no han experimentado el frío de cualquier país entienden lo que presencian en ese piso rojo alfombrado donde en otras ocasiones no hubiesen mirado hacía arriba.

En la nueva librería hoy se da un conservatorio con la Asspro que se llama “Del Juicio al libro”. Muy interesante, cinco conocidos periodistas narran sus experiencias cubriendo notables juicios y cómo luego plasmaron esas experiencias en textos.  Llega la hora de irme, por fin a mi casa. Caminar de vuelta al auto se convierte en mi último workout del día. Estoy feliz de salir de las vitrinas y entrar a mi realidad. Hasta la próxima necesidad de volver a Plaza y ver el reflejo de lo mismo, pero con olor a nuevo.