Cen-satos

Cuento publicado en la revista editorial de estudiantes de la UPR Caminos Convergentes

Era un sábado del 2000, un sábado de limpieza. Todos estábamos atareados pero la capataz no estaba. ¡Qué sé yo dónde estaba mami! Ese día en casa limpiábamos mi hermana, papi y yo.

— Permiso, buenas tardes. ¡Hola! Gritó un desconocido desde la acera.

La melodía de Cuatro cuarenta y su Bachata rosa salía junto con el olor a detergente por puertas y ventanas. El del censo se esforzó más. Mi hermana bajó el volumen del radio.

— Voy… dígame. Contestó mi padre. Un negro de seis pies de altura, antillano, curaçaleño con expresión de seriedad enjuta. El del censo puso cara de problemas y entró al balcón con paso tímido. Nos explicó que venía de parte del Departamento del Estado. Debidamente identificado añadió que ofrecía el servicio de llenar el Censo con la familia. Pregunté si podíamos estar todos presentes. Antes de que el del censo dijera que sí, mi hermana hizo la aclaración:
—¡Mami no está!
—No importa, dijo el del censo. Papi lo secundó y añadió: —Lo llenamos como se pueda. Así fue.  Papi y el del censo se sentaron. Mi hermana y yo paradas alrededor con olor a cloro y descalzas. Las preguntas y respuestas fluían sin problemas. El del censo hacía ver su trabajo difícil, hasta interesante. Llenaba con total agilidad y rapidez aquellos encasillados de palabras diminutas como que le pagaban por ello. En la casa con patio vivíamos cuatro, no habíamos tenido visitantes hospedándose en ese tiempo. Mi papá recitó sin dificultad el número de teléfono de la casa; cosa que ya no existe en la mitad de los hogares.

            El conflicto se dio cuando llegamos a las preguntas de origen y raza.
El del censo no sabía lo que le esperaba. Mi padre, el curazaleño, no era de origen latino o hispano; él es antillano. Pero esa opción no existía en 1990. Entonces oímos el discurso de indignación de mi padre con su acento antillano. ¡Cómo era posible que Puerto Rico y Curazao pertenezcan a un archipiélago y este, a las Antillas mayores o menores y que no aparezca el encasillado antillano! Que él no era hispano ni latino, mucho menos puertorriqueño ni cubano. Era Antillano de Curazao, que en ese momento era colonia de Holanda. El censista ofreció, tratando de hablar lo más claro y sereno posible, la opción de escribir el origen de mi padre. A papi le pareció lo más justo y asintió con su cara de inconformidad.

Tres puertorriqueñas y un antillano.

            Muy bien, pasemos a la raza. O detengámonos aquí por un momento. El del censo, aún ingenuo a lo que se avecinaba dice:

—Con mucho respeto, ¿cuál es la raza de la dama de la casa, su esposa?
—Blanca.  Respondió papi sin reparos.

Mi hermana y yo diferimos casi al unísono. Si hay algo que mami no era, era blanca. Nunca quiso serlo. Nosotras sabíamos que mami tomaba más sol de la cuenta para parecerse más a nosotras. En varias ocasiones habíamos sido testigos de que cuando se maquillaba oscurecía un poco su base para crearse un tono más de mulata. Pero, según mi papá él se había casado con una blanca de Puerto Rico. Entonces explicó ante la mirada nerviosa del censista que mami tiene la piel de blanca y el pelo ondulado que se le marca todo rojo, los moretones y su piel es súper sensible. Tanto así que un día tuvo que empapar con vinagre una toalla y ponérsela en la espalda para que se le fuera la insolación y sintiera alivio. Mi hermana, la mayor, sentenció:
—Si mami sabe que la pusiste blanca se va a enojar, papi.

No había otra opción viable, las demás eran india, americana, de Alaska… Pues nada. Le pusieron blanca. Mi papá era negro pero, no norteafricano como único decían las opciones sino, antillano. Yo quería ser negra caribeña, pero esa opción tampoco estaba. Mi hermana quería ser india porque tenía el pelo lacio, a fuerza del blower, pero lacio. Indias asiáticas o nativas de Hawái tampoco resultaría. 

Un negro antillano, una blanca y dos satas. 

Diez años después ya nadie vino a llenar el censo se envió por correo postal y, cada cual fue quien quería ser.

¿Por qué nos cayó tan mal el mensaje del “niño talentoso”?

Quiero empezar con que el autor de ese mensaje debió estar pasando por un arranque de nervios, ira, frustración y coraje. Fue escrito sin detenerse a pensar en el texto ni en sus consecuencias. De ahí traer a la memoria que lo que conocemos de él es que ganaba tanto dinero porque es “un hijo talentoso” de un poderoso funcionario público. Nos molesta pues sabemos, además, que ninguna plataforma de red social es un buen escenario para insultar, difamar, desahogarse ni auto incriminarse. Que los trapitos se lavan en casa.

En mis cursos de Redacción suelo decirles a mis estudiantes que dejen respirar el texto. Esto es, que escriban con coraje pero que se aparten del escrito unas horas o una noche, que reposen sus mentes, tomen café, salgan al exterior.  Estiren. Y, luego, vuelvan al texto con calma desde otra mirada y se autocorrijan. Eso fue lo que debió hacer Raulito. Leerse. Asesorarse con un copywriter. Aclarar qué escribir, con copia a quién y por cuál medio.

A continuación, veremos en detalle cuáles fueron esos errores de ortografía tan notables y cuáles pudieron ser opciones mejores. Más adelante expreso algunas opiniones sobre lo que significa este discurso para nosotros a los que el país se nos extingue.

Mensaje originalmente publicado:

Hoy dicen mentiras. Cero tolerancia. Yo presentare mi
evicencia. Gobernador dime si no estuvimos en tu oficina
reunido con el presidente de BDO y usted pidiendo que se
cambiara el reporte de unidos por PR los furgones pq afectaba
a su esposa. Habla de los cueques que estaban en la gaveta.
Sino habla de los textos enviados. # mamabicho. No dicho por mí, que
el pendejo que esta ahí es un corrupto, pq aquí no hay excusa como anterior, si no sabía, eras inepto. Es bien diferente pq Gobernador usted sabia, no ere inepto pq lo eres, eres un corrupto.

Ahora veremos cómo podríamos hacer que sea más legible:

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Para empezar, tenemos que saber discernir la paja del trigo. Eso de “cero tolerancia” debe ser algo real, no solo una cosigna entonada en la campaña política y que aún hoy escuchamos del actual gobierno. No es el gobierno quien ha sido tolerante. Nosotros, el pueblo de a pie, lo hemos sido en demasía y por mucho tiempo. Toleramos a Pesquera riéndose de los reporteros. Toleramos el después del huracán María, toleramos que escondieran agua embotellada, que robaran los fondos para los damnificados, toleramos que Trump nos tirara con papel toalla, que el secretario de Estado mintiera acerca de la ayuda a Venezuela y luego se fuera de vacaciones. A propósito del tema del párrafo, toleramos que el gobernador le pidiera consejos a Bad Bunny y a Residente, con la oficina presidencial hecha un desastre. Los que hemos sido tolerantes a un nivel nauseabundo somos nosotros. Tal vez estemos muy adormecidos como para actuar en contra de esa tolerancia que nos hace tan pasivos y se nos vea susurrando el “ay, bendito”.

Sobre la palabra etiquetada hashtagmamabicho, el Tesoro Lexicográfico de Puerto Rico no la registra, pero sí <<mama’s boy>> y <> con un significado parecido, pero distante al de “mama bicho”, palabra compuesta que refleja homofobia, tabús, y específicamente a un sector de la sociedad joven, inmadura y muy probablemente adinerada y “talentosa”.

Alguien me contó que los muchachos de su calle se llamaban con ese sustantivo hasta de cariño y que solían acortar la palabra para sonar mucho más riquitíllo: mamabish. Este caso no dista mucho: dos jóvenes hablando entre ellos, jugando a ser algo con posiciones de poder, que cuando se sienten amenazados suelen llamarse con el nombre que se decían en la calle; sin el cariño.

Existe suficiente evidencia que prueba cómo nuestra personalidad es descrita, literalmente, por las palabras que utilizamos, incluyendo nuestros tuits y los correos que enviamos. Sin conocer a Raúl Maldonado, hemos conjeturado algunos rasgos de su personalidad. Lo hacemos a cada rato. Figuramos cómo es la persona que escribe, ya sea autor, conocido o no incluso le adjudicamos tonos a lo que leemos. Por eso las conversaciones que se dan en los chats padecen de tantas tergiversaciones. Es que las palabras revelan más allá de nuestra intención al utilizarlas y acomodarlas.

Ya sabemos que hay un caos en Fortaleza. Sabemos que Raulito no es introvertido ni cauteloso.  Lo que no denota que tenga talento con su lengua es su ortografía, la que nos llamó la atención de su desvergonzado mensaje. Por trabajar como proofreader por años, me apetecía corregirlo, contar los errores y ver de qué tipo eran. Verlo sangrar, vamos. Ese mensaje posiblemente nos mantenga entretenidos un rato más para poder seguir tolerando la poca vergüenza de un gobierno improvisado y, al parecer, de corrupción heredada. La otra “mala palabra” en el texto en Argentina significa tonto, niño mocoso, inmaduro. ¿Será que no miente?

**Luego de escribir estos párrafos se hicieron otras publicaciones también dignas de revisar, pero por la prisa en que se dieron los eventos y la rapidez de los medios dejaremos esta, como ejemplo, por ahora.

Las mujeres que les ceden las ciudades a los hombres

Hace poco salí a correr por la ciudad. Me gustó hacerlo por varias razones que ya debes sospechar. Correr nos libera del stress, libera endorfinas y disfruté contemplar el atardecer y ver a otros que, como yo, corrían me motivaba a no parar. Así las cosas, un día común invité a mi mejor amiga. Se entusiasmó muchísimo y me acompaño. Le dimos la vuelta a la laguna, vimos el sol alejarse al mar y cuando regresamos ella, mi amiga, entró en pánico: estiró a prisas mirando a los lados, tratando de lucir normal, con un gesto muy serio y evitando hablar. Ya en el carro, me explicó que no podía volver a correr ahí porque salió con un tipo que vive frente a la laguna y además, es entrenador personal. Le pregunté si habían quedado mal o si ella le debía algo, me dijo que no; pero que no quería que él pensara que ella lo estaba rondando o que estaba allí para verlo.

La verdad es que Samira desde pequeña se pone muy nerviosa con los pretendientes y las exparejas. Pero cumplió. Le cedió ese gran espacio periférico, abierto, público y su posibilidad de entrenar allí solo por la improbable casualidad de que él se apareciese. No es que él no la vio en ropa de hacer ejercicios o que Samira no sea guapa, es más, tiene un cuerpo envidiable, pero así somos las mujeres; les cedemos las ciudades y mucho más a los hombres.

Me quedé pensando esa noche en nuestra conversación. Sobre todo, porque me dio un poco de coraje perder a mi compañera de corridas por dicha estupidez. Medité si yo había hecho lo mismo. Claro, yo soy un poco más de confrontar que Samira. Mis pocos examores han sido los que quedaron mal conmigo y creo que disfrutaría algo de verles la cara de pasme, vergüenza, tristeza o alegría al verme. Pero yo también le cedí el espacio a mi noviecito de la niñez quedándome encerrada en el baño de una funeraria para no tener que verlo de frente en mi adolescencia.

Le he cedido también la ciudad a un examor, la penúltima vez que dejamos de reciclarnos. Luego de habernos dejado por Skype o email, desde un continente a otro, cuatro meses después él se casaba con una actriz… Pero esa historia es demasiado densa y extensa para plasmarla aquí. Resta decir que yo también había hecho teatro en tiempos universitarios y siempre fui mimo, media performera según él decía. En mi caso, no le cedí la cuidad pues es como dice otra amiga, “Puerto Rico es un pañuelo” y aquí el que no es familia se conoce. Nuestras vidas no eran paralelas, cuando uno iba el otro venía, pero por rutas distintas. Lo que sí le cedí fueron las tablas, los escenarios, los castings. Dejé de salir de extra en películas y frecuentar amistades del ambiente. Me convertí en otra cosa, es lo bueno del eclecticismo. Logré disminuir nuestros encuentros a dos en tres años: el primero, evadimos miradas, nos perdimos entre la multitud y, el otro, un no saludo de carro a carro en la entrada de mi trabajo. Él también había tomado medidas de seguridad para no violar los límites también. Creo que me lo contó comenzando nuestro season finale por una de las redes cibernéticas que aún no se consideran ciudades.

Pero, ¿por qué es que hacemos eso? Cómo es que dos personas que salen y se conocen, dejan que el otro atraviese los límites de su espacio personal, y prometerse no separarse nunca por amor llegan al acuerdo imaginario e incómodo de no verse, saludarse y hasta evitarse. Alguien habrá dicho que es lo mejor, y quizá tenga razón, pero esa persona nunca debió encontrarse con su ex-. Es por eso que cuando definitivamente terminamos una relación las mujeres también delimitamos nuestro mapa y optamos por dejarles más terreno a ellos. Aparentemente, la memoria emotiva es mucho más latente y cruel en nosotras. Los lugares a los que viajamos pierden su capacidad de enamorarnos por su encanto natural. Y vienen a ser solo un angustiante recuerdo. Y si somos lo suficientemente masoquistas iremos con la misma ropa a la disco que bailamos con el ex y nos sentaremos en el mismo banco de aquel café en donde la pasamos tan bien juntos. El proceso que seguimos nosotras, las que intentamos olvidar, es más de ermitañas en cueva. Ya cuando salimos con nuestras amigas estamos más sanas, hemos practicado frente al espejo nuestro encuentro, tono de voz, mirada, frase de introducción o seña de saludo desde lejos. También nos hemos repetido varias veces (hay quienes hacen listas) las razones por las que no debemos siquiera atender su llamada.

Tengo muy buenos amigos varones y no creo haberlos escuchado decir: “Ay, no vayamos a tal lugar que allí me la puedo encontrar o ese es el sitio de la última vez”…

Esta vez he decidido no entregarle las puertas de mi ciudad a mi viejo amor. Iré cuando tenga que ir a donde quiera. Muchas veces he tenido la sensación de retornar a un lugar donde estuve cuando chica y me parece mucho más pequeño de lo que lo recordaba. Ya no me controla su forma, su arquitectura ni mi recuerdo allí. Lo veo con objetividad y creo nuevos recuerdos. Tal vez, si es que me encuentro con el Don Juan, no vea su grandeza creada en mi mente, tampoco controlará lo que sienta. Cuando el amor cambia de forma las cosas son más claras. Seré yo dueña de nuevo de las calles de mi ciudad; aunque se las alquile a nuevos extraños. Y si los dejo pasar de los límites, si les cedo la llave de la puerta de mi ciudad bueno, ya ese es otro tema.Picture1

‘Widows’ que llevan más que luto

 

Widows es la cuarta película del director inglés Steve McQueen, quien además coescribió el guion. Una película diferente a sus previos trabajos cinematográficos. Los trabajos anteriores del director no eran del género de acción como este. Además, solo trataban con un tema social. Sin embargo, en este filme de manera muy sutil y efectiva trata varios de los problemas político-sociales que atraviesa la nación norteamericana hoy día.

El filme comienza con un beso de una pareja mixta. Hecho que, aun en estos días, crea un impacto en la sociedad. Ese beso pudiera incomodar a muchos y contrasta aún más cuando el ambiente es blanco y con mucha iluminación. Por si fuera poco, la pareja es compuesta nada más y nada menos que por consagrado actor Liam Neeson y la ganadora de un Oscar, como mejor actriz Viola Davis. Las escenas de pareja entre ellos dos aparecen intermitentemente a lo largo del filme como testimonio de lo que hubo, pero ha acabado. Ahora ella es aparentemente viuda y para salvar su vida y del enredo económico en que la dejó su marido tiene que seguir las instrucciones que se encuentran en un tipo de diario del difunto.

El personaje principal queda viuda y sin hijo. En la corta escena en la que aparece este trae a la luz otro problema social que recientemente ha traído controversia: #Blacklivesmatter. Y es que, en un intento por hacerle un favor a su padre, el joven ejerce un viraje sospechoso para la policía –compuesta de un par de agentes blancos–. Luego de ser detenido por ellos, hace un amague de buscar el celular y ellos le disparan sin más.

Para cumplir con su misión “Verónica” debe contar con la ayuda de otras dos también viudas (Michelle Rodríguez, Elizabeth Debicki y reclutar a Cynthia Erivo) de los hombres que igual que Nesson han muerto trabajando para él. En términos del elenco me parece exquisita la selección. Estas cuatro mujeres talentosísimas, diferentes tanto en lo físico como por su bagaje dentro y fuera de la pantalla cargan en sus espaldas la acción de la película y la llevan a buen ritmo. Los hombres, por su parte, me parece que se acoplan al ritmo dominante de las mujeres, pero no dejan de brillar con su impecable actuación. Se trata de Colin Farrell, Brian Tyreem Daniel Kaluuya y Robert Duvall por mencionar algunos.

Otro movimiento plasmado en la cinta es el de #Metoo. Y es que la historia del núcleo familiar de cada viuda no ha sido de cenicienta, y muchas permanecen junto a ellos, aun con el maltrato emocional o físico de sus maridos; ya sea por amor, por los hijos o el qué dirán.

Sobre el final, aunque no es el esperado -y el espectador puede ser engañado fácilmente- la película se convierte en un seguro éxito para recordar. Por romper con patrones denunciando directamente los vicios que lleva arrastrando el gobierno demócrata en la nación estadounidense.

Solo por el elenco o los problemas que denuncia la película vale la pena ir a verla en pantalla grande. La técnica y la acción esta vez van por la casa.  

Crónica: Las vitrinas nuestras de cada día

5:30 p.m. Vengo a Plaza Las Américas por primera vez  en mucho tiempo con tiempo para observar. La mayoría de las veces lo hago solo por necesidad y, con prisa, voy al banco o a la librería. Me estaciono siempre en el mismo sitio, bajo techo, y paso por el mismo pasillo de las tres tiendas a las que entro ­–si y solo si­– hay especiales. Noto cómo decenas de conductores buscan desesperadamente estacionamiento frenando chiquito, sin mirar al lado ni dejar pasar. La euforia de las fiestas se acerca. Afuera apesta a cigarrillo: los fumadores succionan su droga concentrados en los banquitos. Paso por allí sin respirar como un ejercicio para los pulmones. Crean una voluta de humo entre sus microconversaciones  y ni tosiendo se inmutan; pareciera que es su derecho crearla.

La temperatura agradable, casi fría es una de las razones por la que más se da cita la gente regularmente a este lugar: “a ver la decoración y a coger fresco”, me dice una amiga de mami con quien me topo, quien, al parecer, siente la necesidad de darme razones. Sin embargo, no explica la bolsa de JCP que lleva en su mano. Se despide sin más. Para muchos de los que están aquí es necesario venir a Plaza a refrescarse y ver todo lo nuevo de modo recurrente. Cuando las puertas abren, un viento de olor a nuevo los recibe y dejan el calor húmedo atrás. Cuando una entra a este shopping de cierta manera se siente diferente, camina diferente como si todos participáramos en una pasarela y  nos vieran a través de una vitrina.

Lo bueno de Plaza es que siempre hay comida. Voy al sitio de ensaladas y sopas que, aunque caro, nos hace sentir menos culpables. Me siento a comer mi sopa con tostones pensando que nada diferente o inusual debe pasar a estas horas en un centro comercial. De pronto un ruido estruendoso. Suenan como cascadas miles de cristales. No me quiero parar a mirar pero, como algunos, lo hago. ¡Se acaba de romper una vitrina! Parece que nadie no ha habido heridos estaba sentado en esa parte. Curiosamente a mucha gente no le importó el ruido, pocos se asomaron a ver qué pasaba. Porque esa es una de las cosas que pasan en este centro comercial: permiso para ser inmutables. Comemos, miramos e ignoramos. Vuelvo a sentarme, termino de comer y ya para cuando llevo mi bandeja a su sitio, el cristal está prácticamente reparado.

Miro a través de otra vitrina a los empleados de una compañía. Todos son jóvenes. Algunos tratan de explicarle a unas señoras mayores que su teléfono ya no sirve porque los dispositivos electrónicos tienen fecha de caducidad. Lo veo porque una de ellas le enseña el teléfono como un tesoro, nuevo, y uno de ellos se encoje de hombros mientras mueve su cabeza para ambos lados. Y eso lo he visto antes con mi mamá y otras personas. Así las cosas, estas compañías contratan a la juventud para explicarle a los viejos lo que a veces no tiene sentido para ellos. Están acostumbrados a que las cosas caras se conservan y piensan que pueden tener un móvil por más de dos años si lo cuidan, pero no.

Paso al segundo piso y, mientras subo las escaleras eléctricas, veo que ya se están congregando familias para ver caer la “nieve”.  Es jueves,  pensé que era  solo los fines de semana. Así como la fuente del primer piso no para, a este, el llamado centro de todo, fluye continuamente un de gente por sus tantas entradas y salidas. El flujo de personas por las escaleras eléctricas se asemejan a los chorros de las fuentes.

Desde arriba diviso a un viejo amigo en el primer piso, pero no da tiempo ni para hacer ademán de saludo y mucho menos gritarle. Hace tiempo que no lo veo, pero no me extraña encontrarlo aquí, es un joven consumista que depende de su imagen y viene a Plaza casi a diario. Muchas personas están aquí porque se acerca la temporada de regalos navideños, esa época en la  que se compra más de lo que se puede con dinero plástico y nada de lo que necesitamos. Todo se justifica.

Hay gente por otro lado que viene con regularidad y lo menos que hace es comprar. Se reúnen, se distraen, se citan… Aún así este es un negocio rentable. No tenemos idea, pero en Plaza se mueve un caudal de dinero impresionante y una de las herramientas para esa movida es hacernos creer que debemos llegar allí y consumir lo que sea.

Hoy el entra y sale de las tiendas no está tan concurrido. Se mira mucho y se compra poco. El caballero que nunca para de tocar el acordeón a cambio de dólares. Sigue allí tocando muy apasionando; su joroba ha crecido más. Me parece que el abriguito que tiene es de mujer, pocos se darían cuenta y si lo hemos hecho qué importa solo queremos que tenga la fuerza de venir siempre a tocar a esta su casa que se ha ganado por derecho. Nunca lo he visto pronunciar frase alguna, pero si tocar con los ojos cerrados. Contrae y expande el instrumento humildemente.

Aun me queda tiempo para el encuentro con la clase por lo que entro a una tienda de las que nunca entro porque no está en mi ruta al banco. Lo mismo. Alguna ropa bonita que no vale lo que cuesta. Hay poca gente y pocos empleados. Veo como una muchacha de mi edad se roba unos guantes de lana: revisó que no tenían el chip que le ponen antirrobos. los tuvo bastante tiempo en la mano y miro varias veces si tenía o no publico. Me miró fijamente pero se dio cuenta que ni era empleada ni haría nada; parece. Fue entonces cuando, con ellos en la mano, metió la mano en su cartera, también de cuero, e intercambió los guantes por su celular mientras hizo el gesto de que lo buscaba en el fondo de su cartera. Luego se siguió paseando por la tienda para disimular. Me acerco a los guantes restantes en el bonito y reluciente stand, confirmo que no tienen chip y que cuestan 38.00 dólares. Me siento cómplice y salgo de la tienda a prisa porque ya es la hora del encuentro.

6:10 Nos encontramos con el profesor, todos de pie luego de unas instrucciones salimos a observar. Es extraño reunir una clase allí, pero al mismo tiempo no. Todo ocurre en plaza. Varios jóvenes se agrupan en otro pasillo para bailar. No han bailado nunca en pareja ni salsa ni bolero. Sin embargo, siguen la coreografía de un juego de videos proyectado en gran pantalla gigante. Siempre hay alguien que los mira de reojo y piensa que son unos ridículos. Pero ellos no lo descubren, porque si voltean a ver pierden la sincronización con la computadora. No tienen más público fiel que sus padres y sus amigos.

Una pareja se da besos de lengua a la entrada de uno de los pasillitos de arriba. Se acarician más de lo que el poco público que tienen aprueba. Pero nada pasa, ellos siguen sin notarlo y los demás también como que nunca lo vimos. Como a través de una pantalla de televisión que cuando no nos gusta lo cambiamos, pues, así hacen los andantes cambian la mirada a otra vitrina.

En el atrio central la euforia de los gritos por ver caer la nieve de espuma  se apodera de padres e hijos. En ocasiones gritan sin darse cuenta de que otros están escuchando la conversación. “Qué charrería”, le dice una joven con uniforme a su amiga quien asiente con cierto asombro. Y sí, pudiera ser colonialmente ridículo que sigamos con la tradición de “doña Fela” de intentar vivir la experiencia de la nieve con espuma, bajo techo. Me pregunto si los niños que no han experimentado el frío de cualquier país entienden lo que presencian en ese piso rojo alfombrado donde en otras ocasiones no hubiesen mirado hacía arriba.

En la nueva librería hoy se da un conservatorio con la Asspro que se llama “Del Juicio al libro”. Muy interesante, cinco conocidos periodistas narran sus experiencias cubriendo notables juicios y cómo luego plasmaron esas experiencias en textos.  Llega la hora de irme, por fin a mi casa. Caminar de vuelta al auto se convierte en mi último workout del día. Estoy feliz de salir de las vitrinas y entrar a mi realidad. Hasta la próxima necesidad de volver a Plaza y ver el reflejo de lo mismo, pero con olor a nuevo.