H en tus labios

Hundida.
Humillada en la hendidura helada.
Humo que desvanece.
Humedad en la vista, sin visitas al sur.

Humeo coraje.
Había un para siempre en forma de espejo.
Sea roto; se ha roto.

He amado, hoy hay más ayer que horas,
preguntas sin medias, sin pendientes.

De nada te valgo como H a tus labios.

 

Noviembre, 2019

Aprendimos, pero poco

A un año de María estoy en la oficina de lo que llaman Monacillo, de la Autoridad de Energía Eléctrica. Antes de las 7:30 de la mañana —hora de la apertura— hay varios viejitos madrugadores afuera, al lado del portón. La lista está en la mente de los primeros que llegaron. Un señor aprieta sus papeles con sus manos peludas mientras, mirándome de reojo, me dice: “Ahora tú eres la última”. Vuelvo al carro, busco los papeles y me distraigo. Por el retrovisor veo que ya entraron y corro. Al entrar hay dos oficiales, no uno, para dar el turno. Soy el 7 de la fila que no es prioridad. ‘No somos prioridad hace mucho’, pienso.

Una señora se queja.  Busca la atención de todos los que esperamos porque esa será su primera audiencia y vino por ello. Nos sientan frente a un televisor pequeño que anuncia los turnos, pero la verdad es que vinimos a presenciar las micronovelas que se dan en cada estación. La escuchemos o no; ella empezó.
Parada frente a todos dice que nos quieren engañar, que el truco está en la vuelta que hace el contador. Que el contador empieza en $18 y cuando termina la vuelta da $180. Le creemos. Ha logrado persuadir a su público. Aunque algunos hacen gestos de desaprobación y el guardia trata de mantenerse agestual todos escuchan como hipnotizados.
La protagonista trata de mantener su papel y llevarlo hasta el climax y para ello nos habla de la constancia; el otro factor que hace que le cobren tanto. Habla de el absurdo y de cómo nos roban. Se molesta porque pierde la atención del público y más aún el guardia empieza a mofarse de su acento dominicano. Mientras hace la fila para el pago, a regañadientes aumenta su furia y dispara: Ojalá venga otro huracán y se lleve to’ los postes y nos deje a oscuras a toditos pa jodernos más. Silencio en la sala. Se convierte en la antagonista y repele las miradas. Se va mientras vocifera que investigará hasta las últimas consecuencias. A un año de María hemos aprendido, pero poco.

 

2018

Se publica la versión completa del “Diario de Anna Frank” — Corazones Idiotas

Sin retoques ni correcciones, así se publicará de nuevo el “Diario de Anna Frank”. Se incluirán la versión A y B del libro, que fueron corregidas por la propia autora y su padre después de morir su hija. Por así decir, lo que vamos a poder leer es el auténtico original, escrito a pecho descubierto, […]

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Cen-satos

Cuento publicado en la revista editorial de estudiantes de la UPR Caminos Convergentes

Era un sábado del 2000, un sábado de limpieza. Todos estábamos atareados pero la capataz no estaba. ¡Qué sé yo dónde estaba mami! Ese día en casa limpiábamos mi hermana, papi y yo.

— Permiso, buenas tardes. ¡Hola! Gritó un desconocido desde la acera.

La melodía de Cuatro cuarenta y su Bachata rosa salía junto con el olor a detergente por puertas y ventanas. El del censo se esforzó más. Mi hermana bajó el volumen del radio.

— Voy… dígame. Contestó mi padre. Un negro de seis pies de altura, antillano, curaçaleño con expresión de seriedad enjuta. El del censo puso cara de problemas y entró al balcón con paso tímido. Nos explicó que venía de parte del Departamento del Estado. Debidamente identificado añadió que ofrecía el servicio de llenar el Censo con la familia. Pregunté si podíamos estar todos presentes. Antes de que el del censo dijera que sí, mi hermana hizo la aclaración:
—¡Mami no está!
—No importa, dijo el del censo. Papi lo secundó y añadió: —Lo llenamos como se pueda. Así fue.  Papi y el del censo se sentaron. Mi hermana y yo paradas alrededor con olor a cloro y descalzas. Las preguntas y respuestas fluían sin problemas. El del censo hacía ver su trabajo difícil, hasta interesante. Llenaba con total agilidad y rapidez aquellos encasillados de palabras diminutas como que le pagaban por ello. En la casa con patio vivíamos cuatro, no habíamos tenido visitantes hospedándose en ese tiempo. Mi papá recitó sin dificultad el número de teléfono de la casa; cosa que ya no existe en la mitad de los hogares.

            El conflicto se dio cuando llegamos a las preguntas de origen y raza.
El del censo no sabía lo que le esperaba. Mi padre, el curazaleño, no era de origen latino o hispano; él es antillano. Pero esa opción no existía en 1990. Entonces oímos el discurso de indignación de mi padre con su acento antillano. ¡Cómo era posible que Puerto Rico y Curazao pertenezcan a un archipiélago y este, a las Antillas mayores o menores y que no aparezca el encasillado antillano! Que él no era hispano ni latino, mucho menos puertorriqueño ni cubano. Era Antillano de Curazao, que en ese momento era colonia de Holanda. El censista ofreció, tratando de hablar lo más claro y sereno posible, la opción de escribir el origen de mi padre. A papi le pareció lo más justo y asintió con su cara de inconformidad.

Tres puertorriqueñas y un antillano.

            Muy bien, pasemos a la raza. O detengámonos aquí por un momento. El del censo, aún ingenuo a lo que se avecinaba dice:

—Con mucho respeto, ¿cuál es la raza de la dama de la casa, su esposa?
—Blanca.  Respondió papi sin reparos.

Mi hermana y yo diferimos casi al unísono. Si hay algo que mami no era, era blanca. Nunca quiso serlo. Nosotras sabíamos que mami tomaba más sol de la cuenta para parecerse más a nosotras. En varias ocasiones habíamos sido testigos de que cuando se maquillaba oscurecía un poco su base para crearse un tono más de mulata. Pero, según mi papá él se había casado con una blanca de Puerto Rico. Entonces explicó ante la mirada nerviosa del censista que mami tiene la piel de blanca y el pelo ondulado que se le marca todo rojo, los moretones y su piel es súper sensible. Tanto así que un día tuvo que empapar con vinagre una toalla y ponérsela en la espalda para que se le fuera la insolación y sintiera alivio. Mi hermana, la mayor, sentenció:
—Si mami sabe que la pusiste blanca se va a enojar, papi.

No había otra opción viable, las demás eran india, americana, de Alaska… Pues nada. Le pusieron blanca. Mi papá era negro pero, no norteafricano como único decían las opciones sino, antillano. Yo quería ser negra caribeña, pero esa opción tampoco estaba. Mi hermana quería ser india porque tenía el pelo lacio, a fuerza del blower, pero lacio. Indias asiáticas o nativas de Hawái tampoco resultaría. 

Un negro antillano, una blanca y dos satas. 

Diez años después ya nadie vino a llenar el censo se envió por correo postal y, cada cual fue quien quería ser.