Las mujeres que les ceden las ciudades a los hombres

Hace poco salí a correr por la ciudad. Me gustó hacerlo por varias razones que ya debes sospechar. Correr nos libera del stress, libera endorfinas y disfruté contemplar el atardecer y ver a otros que, como yo, corrían me motivaba a no parar. Así las cosas, un día común invité a mi mejor amiga. Se entusiasmó muchísimo y me acompaño. Le dimos la vuelta a la laguna, vimos el sol alejarse al mar y cuando regresamos ella, mi amiga, entró en pánico: estiró a prisas mirando a los lados, tratando de lucir normal, con un gesto muy serio y evitando hablar. Ya en el carro, me explicó que no podía volver a correr ahí porque salió con un tipo que vive frente a la laguna y además, es entrenador personal. Le pregunté si habían quedado mal o si ella le debía algo, me dijo que no; pero que no quería que él pensara que ella lo estaba rondando o que estaba allí para verlo.

La verdad es que Samira desde pequeña se pone muy nerviosa con los pretendientes y las exparejas. Pero cumplió. Le cedió ese gran espacio periférico, abierto, público y su posibilidad de entrenar allí solo por la improbable casualidad de que él se apareciese. No es que él no la vio en ropa de hacer ejercicios o que Samira no sea guapa, es más, tiene un cuerpo envidiable, pero así somos las mujeres; les cedemos las ciudades y mucho más a los hombres.

Me quedé pensando esa noche en nuestra conversación. Sobre todo, porque me dio un poco de coraje perder a mi compañera de corridas por dicha estupidez. Medité si yo había hecho lo mismo. Claro, yo soy un poco más de confrontar que Samira. Mis pocos examores han sido los que quedaron mal conmigo y creo que disfrutaría algo de verles la cara de pasme, vergüenza, tristeza o alegría al verme. Pero yo también le cedí el espacio a mi noviecito de la niñez quedándome encerrada en el baño de una funeraria para no tener que verlo de frente en mi adolescencia.

Le he cedido también la ciudad a un examor, la penúltima vez que dejamos de reciclarnos. Luego de habernos dejado por Skype o email, desde un continente a otro, cuatro meses después él se casaba con una actriz… Pero esa historia es demasiado densa y extensa para plasmarla aquí. Resta decir que yo también había hecho teatro en tiempos universitarios y siempre fui mimo, media performera según él decía. En mi caso, no le cedí la cuidad pues es como dice otra amiga, “Puerto Rico es un pañuelo” y aquí el que no es familia se conoce. Nuestras vidas no eran paralelas, cuando uno iba el otro venía, pero por rutas distintas. Lo que sí le cedí fueron las tablas, los escenarios, los castings. Dejé de salir de extra en películas y frecuentar amistades del ambiente. Me convertí en otra cosa, es lo bueno del eclecticismo. Logré disminuir nuestros encuentros a dos en tres años: el primero, evadimos miradas, nos perdimos entre la multitud y, el otro, un no saludo de carro a carro en la entrada de mi trabajo. Él también había tomado medidas de seguridad para no violar los límites también. Creo que me lo contó comenzando nuestro season finale por una de las redes cibernéticas que aún no se consideran ciudades.

Pero, ¿por qué es que hacemos eso? Cómo es que dos personas que salen y se conocen, dejan que el otro atraviese los límites de su espacio personal, y prometerse no separarse nunca por amor llegan al acuerdo imaginario e incómodo de no verse, saludarse y hasta evitarse. Alguien habrá dicho que es lo mejor, y quizá tenga razón, pero esa persona nunca debió encontrarse con su ex-. Es por eso que cuando definitivamente terminamos una relación las mujeres también delimitamos nuestro mapa y optamos por dejarles más terreno a ellos. Aparentemente, la memoria emotiva es mucho más latente y cruel en nosotras. Los lugares a los que viajamos pierden su capacidad de enamorarnos por su encanto natural. Y vienen a ser solo un angustiante recuerdo. Y si somos lo suficientemente masoquistas iremos con la misma ropa a la disco que bailamos con el ex y nos sentaremos en el mismo banco de aquel café en donde la pasamos tan bien juntos. El proceso que seguimos nosotras, las que intentamos olvidar, es más de ermitañas en cueva. Ya cuando salimos con nuestras amigas estamos más sanas, hemos practicado frente al espejo nuestro encuentro, tono de voz, mirada, frase de introducción o seña de saludo desde lejos. También nos hemos repetido varias veces (hay quienes hacen listas) las razones por las que no debemos siquiera atender su llamada.

Tengo muy buenos amigos varones y no creo haberlos escuchado decir: “Ay, no vayamos a tal lugar que allí me la puedo encontrar o ese es el sitio de la última vez”…

Esta vez he decidido no entregarle las puertas de mi ciudad a mi viejo amor. Iré cuando tenga que ir a donde quiera. Muchas veces he tenido la sensación de retornar a un lugar donde estuve cuando chica y me parece mucho más pequeño de lo que lo recordaba. Ya no me controla su forma, su arquitectura ni mi recuerdo allí. Lo veo con objetividad y creo nuevos recuerdos. Tal vez, si es que me encuentro con el Don Juan, no vea su grandeza creada en mi mente, tampoco controlará lo que sienta. Cuando el amor cambia de forma las cosas son más claras. Seré yo dueña de nuevo de las calles de mi ciudad; aunque se las alquile a nuevos extraños. Y si los dejo pasar de los límites, si les cedo la llave de la puerta de mi ciudad bueno, ya ese es otro tema.Picture1

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